Parque Lineal del Manzanares

El lugar donde se ubica este bonito parque era uno de los más deteriorados de Madrid. Las colinas que se levantaron, lo fueron con motivo de las obras faraonicas de los túneles de la M-30, a continuación se construyó la excelente Caja mágica, una instalación deportiva fantastica, carísima e infrautilizada, con motivo de la olimpiada que nunca llegó por que así lo quiso ese comité poco deseable que rige los destinos olímpicos.

El parque es hermoso y siempre viene a dignificar lugares que en tiempos estuvieron cubiertos de huertas y de una de las esclusas del fallido proyecto del Real Canal. Merece un paseo, aunque solo sea por el paisaje madrileño que se divisa desde sus artificiales colinas.

El jardín del Museo Sorolla

Hacía tiempo que queríamos volver a visitar el jardín del Museo Sorolla. Para ello, elegimos un domingo por la mañana por razones varias. La primera porque el palacete que fue la vivienda de D. Joaquin Sorolla está en una señorial calle de Madrid, señorial pero con mucho tráfico y un domingo por la mañana, entre semáforo y semáforo, se puede escuchar como los pájaros rompen el silencio, en días de diario esto es impensable, segundo porque, tras la visita del jardín, disfrutar del arte del célebre pintor es gratuito el domingo y tercero, porque también lo es aparcar en la zona en ese día. Muchas ventajas a las que cabe añadir que, si la visita comienza con la apertura del museo a las 10 de la mañana, la luz que en el mes de julio incide en el jardín es hermosa, más tarde demasiado plana y por la tarde escasa.
Así, justo a las 10 comenzamos un paseo por el recoleto lugar. El jardín del museo, de inspiración andaluza, fue diseñado por el propio Sorolla en 1911 y dividido en tres ambientes con diseños diferenciados, el primero, en el frontal de la casa, está inspirado en el jardín de la Troya de los Reales Alcazares sevillanos. En él destaca la fuente central de marmol, los bancos de azulejos al más puro estilo andaluz, el muro con tres escudos antiguos y dos columnas rematadas con sendas esculturas que separan este primer espacio del segundo, inspirado este en la ria del Generalife granadino, con hermosas fuentes sobre azulejos, arrayanes en los laterales y al fondo un torso romano. Es probablemente el espacio que más llama la atención y fué construido y plantado entre el año 1915 y 1916.
El tercer y último espacio introduce a su vez dos configuraciones diferenciadas, una la pérgola de la derecha en la que hoy tiene lugar preeminente el busto del pintor, y frente a esta, una alberca sevillana presidida por una escultura de Francisco Marco Diaz Pintado consistente en dos figuras femeninas aparentemente hablando bajo, titulada “confidencias”. Esta zona se realizó entre 1912 y 1913 aunque fue reformada en 1917 a la conclusión del tardío diseño de la ria.
Árboles plantados por el pintor, rincones que invitan a la lectura o la meditación, sensación de fresucra y paz, además de la elegancia y la belleza que Joaquín Sorolla decidió imprimir al que fuera su oasis personal, donde frecuentemente salía a pintar disfrutando del entorno.
Esta es una visita que recomendamos por su contenido histórico y por su enorme belleza.

La estufa fría

Parque Juan Carlos I de Madrid

Junto a la ria del parque hay unas cubiertas semicirculares que llaman poderosamente la atención y sin embargo no son demasiados los paseantes que han visitado su interior. Es la “Estufa fría” un invernáculo grande, hermoso y lleno de vida. Hemos rendido visita y atrapado con nuestras cámaras el paseo por su interior y los ecosistemas exteriores anexos. Esperamos que sea de vuestro agrado y si paseais por las amplias avenidas del parque, no dudeis en perderos por su interior, merece mucho la pena.

Video del Parque “El Capricho”

Enlace

El Parque de El Capricho es una quinta cuyo origen como jardín de esparcimiento tiene lugar en el Siglo XVIII. Situado en un hermoso lugar de Madrid, puede ser visitado gratuitamente tan sólo los fines de semana.
Hemos esperado a la primavera, cuando la paleta de colores que adornan el jardín para sí la quisiera el más afamado de los pintores, para hacer este vídeo de sus parajes e instalaciones.

En Cibernaturaleza hemos hablado ya de este hermoso parque, si lo deseais podeis leerlo en este enlace. http://www.cibernaturaleza.com/?p=218

 

Invernaderos del Real Jardín Botánico de Madrid (Núm. 10)

Cuando se trasladó el Real Jardín Botánico a su actual ubicación en 1781 por Real Orden de Carlos III, los invernaderos eran una de las prioridades de su nueva construcción. La climatología de la corte impedía el correcto desarrollo de ciertas especies tropicales que la Marina Real española traía de la España ultramarina, tanto de las Américas como de las Filipinas.

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Bien es cierto que el edificio conocido como pabellón Villanueva, diseñado por el genial arquitecto que le da nombre, se diseñó con el fin de ejercer la función de invernáculo. El proyecto del pabellón original se debe a Sabatini, arquitecto de cámara del Monarca Carlos III, pero a pesar de que era hermoso y avanzado, tenía dos defectos que llevaron a no ser contemplada su construcción, era caro y poco práctico para el desarrollo de la labor científica y la docente asociada, tanto a la Academia de las Ciencias que se construía en el edificio contiguo, el que hoy alberga al Museo del Prado, como a la propia del Real Jardín. Pero el concepto de invernáculo que el genial arquitecto italiano plasmó en su diseño era muy avanzado para su época y Villanueva lo adoptó para el diseño final del pabellón docente. Así, el hoy restaurado pabellón docente, disponía a los lados de la entrada principal de sendos invernáculos, nombre por el que se conocía por aquel entonces a los recintos en los que se protegían las plantas delicadas de la forma que la escasa o nula tecnología permitía en la época. En tiempos de bonanza, llegaron a construirse invernaderos auxiliares con mayor impacto de luz solar, pero con pocos medios, resultados poco ventajosos.

No mucho tiempo después del traslado y la construcción del pabellón docente y los invernáculos de Villanueva, los acontecimientos de 1808 con la invasión francesa, el Jardín botánico entra en una época de postración que no terminaría con el final de las hostilidades. Los efectos de la guerra y los saqueos masivos de los franceses, se prolongaron en el tiempo, la dotación presupuestaria no llegaba al jardín, lo poco que había se gastaba en los fastos de la corte del Rey felón y el estado de los invernáculos como todas las estancias del lugar se tornó ruinoso.

La ciencia española siempre ha sido brillante, hombres ilustres la han llenado de grandes hechos y sin embargo, los gobernantes la han postergado, por su propia estupidez, virtud que ha adornado y adorna sus hechos y perfiles. Uno de ellos, Don Mariano de la Paz Graells, riojano de pro, uno de los más distinguidos científicos del siglo XIX, fue decidido impulsor del Real Jardín Botánico y de esos impulsos titánicos nace el invernadero que hoy lleva su nombre, la estufa de las palmas o estufa de Graells, una excepcional construcción que hoy es una de las más hermosas del recinto.

Fue construido en el año 1856 con el fin de conservar las mejores especies tropicales de las que disponía el jardín. Construido con la mejor de las orientaciones posibles, dispone de zonas en las que la luz cumple una doble función, calentar y entregar la luz perfecta que simule el bioclima de las zonas tropicales, En el fondo de la nave, se eleva una cristalera circular muy al gusto de la época, entorno a un pilar metálico labrado. El semicírculo acristalado esconde una pequeña fuente que acoge a las especies acuáticas, un prodigio para una época y un lugar en el que la ciencia tan sólo servía para empobrecer a los que la amaban. Tan solo algunos nobles de fortuna pudieron llegar hasta donde les llegó la hacienda. Pero el visitante observará que en el suelo de los pasillos del invernadero hay unas rejas hermosamente trabajadas que, a pesar de su belleza, tenían una importancia capital. La definición de estufa viene dada por el calor que es preciso aportar para lograr mantener la temperatura adecuada al bioclima que se desea crear, este invernadero nace cuando la tecnología es escasa, por lo que, dada la escasez de medios, los diseñadores de la estufa de Graells utilizaron una forma de mantener la temperatura y la humedad, sostenible y barata, y lo que es mejor, funciona perfectamente. En el foso que cubren los enrejados del suelo del invernadero, se depositaba estiércol que, en el proceso de su fermentación, genera calor y un cierto grado de humedad, unidos ambos efectos y teniendo en cuenta que, posterior a esa fermentación el resultado es utilizable como abono, la técnica es ecológica y funcional, aunque menos aplicable a una estancia de exposición pública por el olor, lógicamente, pero funciona sin electricidad ni petróleo. El contenido de la Estufa de Graells es fantástico y la visita es tal vez la más espectacular del Botánico, incluso a mí me gusta más que el invernadero moderno.

El primer invernadero que se visita es eminentemente para exposición, inaugurado en 1993, hoy recibe el nombre de otro de los grandes protagonistas que han dejado su impronta única en la historia del Jardín y de la ciencia de esta tierra, Santiago Castroviejo Bolibar, padre del vasto y fundamental proyecto “Flora Ibérica” y Académico, probablemente uno de los científicos españoles más conocido y galardonado en su campo. Su moderna construcción lo hace prácticamente autosuficiente en la tarea del mantenimiento del bioclima de cada una de las tres secciones que lo componen.

La primera zona en ser visitada es la dedicada al clima desértico y en ella se muestra una colección de plantas vivas que no es fácil de ver en un invernadero, no solo en España, son pocos los lugares donde poder verlas juntas. El segundo sector es de clima subtropical y el tercero de clima tropical. Es este último la humedad se mantiene mediante sistemas de microdifusión de agua que a menudo sorprende al visitante ofreciéndole una dosis de frescura y un panorama visual impresionante, generando una especie de neblina artificial que recuerda ciertas horas del día en la jungla, allí hemos podido disfrutar incluso de una sección de plantas carnívoras.

Perfectamente indicadas las variedades, el enamorado de la botánica se encontrará en un entorno paradisíaco observando plantas que no podrá conocer salvo viaje a su entorno o durante la visita a esta hermosa instalación, pero los invernaderos no son lo único que merece la pena ver en este Jardín Botánico, hay mucho más, pero esa es otra historia que abordaremos más adelante.

Más información con fotos y vídeos en:

http://www.elhogarnatural.com/reportajes/Invernaderosbot%C3%A1nico.htm

Dehesa de Navalcarbón (Núm. 8)

En el noroeste de Madrid, junto a la carretera nacional 6 se levanta una finca peculiar, la Dehesa de Navalcarbón. Peculiar por su situación, peculiar por su contenido y peculiar por su uso actual.

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Según algunos historiógrafos, ya se hablaba de la identidad de la finca en tiempos del Segundo Felipe, en el siglo XVI, inscrita bajo el nombre de “Dehesa vieja”, aunque el tiempo y la costumbre popular le han dado distintos nombres, los barros, Valdeastillas y ahora, Navalcarbón, aunque en muchos documentos se le daba el nombre de la zona más genérica en la que se encuentra encuadrada la dehesa, los Altos de la Carrascosa.

Llaman la atención dos de los nombres que definen el lugar, Valdeastillas y Navalcarbón, probablemente tiene que ver con la utilización de las viejas encinas de la zona para la gestión del carbón vegetal de encina, popular en tiempos anteriores a la mitad del siglo XX y que dejó la dehesa prácticamente convertida en una pradera, situación en la que estaba durante la Guerra Civil (1936-1939) que dejó huellas indelebles en la finca y de las que después hablaré.

Como he dicho anteriormente, la dehesa formaba parte de una zona de pastizales cuyo nombre se debía a la presencia de encinas pequeñas, tal vez por la explotación de las de mayor tamaño, las carrascas, de ahí el nombre de los carrascales. Sin embargo, tras la contienda, la zona fue repoblada de pino piñonero y aunque las encinas están presentes, no protagonizan la flora preeminente como sí suele ser en las dehesas al uso y en especial, en esta dehesa en concreto, al menos históricamente. Curiosamente esa repoblación ha dado un nuevo nombre a la zona, el Pinar de Las Rozas.

Probablemente los paseantes, ciclistas y corredores reparan poco en la presencia de los restos de una posición defensiva republicana en su interior, y aún menos en el canal que recorre el parque en algunos lugares, y esos forman parte de la historia, de esa historia que por ser protagonizada por los perdedores, por el fracaso, se ha tratado de olvidar.

Tras una peripecia variopinta, un proyecto fantástico para la época terminó por el fracaso de la construcción cercana de una presa, la del Gasco, y la llegada del ferrocarril, el Real Canal. Parte de ese proyecto que inicialmente partió del ingeniero militar Carlos Lemaur, aunque fueron sus hijos los que, tras el suicidio del ingeniero especializado en proyectos hidráulicos, pusieron el proyecto en marcha hasta que una fuerte tormenta inutilizó la presa y el proyecto, que pudo ser el más impresionante de la época, se perdió en el olvido en el que aun hoy constituyen un monumento al fracaso, no tanto del trabajo de los ingenieros que parece no fue extremadamente brillante, sino de una sociedad que no fue capaz de transformar la ambición de las ideas en hechos que hubieran sido vitales para un país con una infraestructura viara lamentable.

El proyecto pretendía llevar el agua embalsada en la presa del Gasco hasta el embarcadero del Manzanares, construido junto al Campo del Moro para regular el caudal del Real Canal, ya que el Manzanares, el pobre, no era suficiente para mantenerlo navegable. El proyecto, además de la presa, construyó parcialmente un canal, el del Guadarrama, que aún puede verse junto a la presa y, convenientemente restaurado en algunos puntos, en la dehesa de Navalcarbón. Pero esta no es la única utilización ajena al proyecto que ha tenido el canal, durante la Guerra Civil se aprovechó su inacabado recorrido para realizar movimientos de tropas de infantería en la retaguardia con la protección de los muros de los canales, a través de una línea de contención compuesta por túneles, trincheras y fortines con el fin de proteger la línea de abastecimientos que era la carretera de La Coruña para mantener las posiciones de Navacerrada y La Granja.

El frente estaba algo más al oeste de la dehesa, pero el mando republicano decidió situar esta segunda línea de defensa más cerca de la carretera sobre todo por la posibilidad de construir las fortificaciones sin el hostigamiento del otro lado del frente. Curiosamente, estas fortificaciones fueron concluidas apenas dos meses antes de la conclusión del conflicto y nunca albergaron unidades de combate ni sufrieron el fragor de la batalla. Tal vez por eso, algunas de las construcciones están aún en buen estado a pesar del abandono de más de setenta años. El tiempo y la voracidad urbanística han arrinconado a este pinar entre edificios, una residencia, instalaciones deportivas y un polígono comercial, pero en su interior conserva en la parte norte el encanto de las huellas de la historia y en su parte sur, lo que queda del canal.

El parque está atravesado en su mitad por una carretera que, al considerarse urbana, recibe el nombre de un personaje muy importante en los años sesenta en la zona, Samuel Bronston, productor de cine de origen ruso, autor de superproducciones como La caída del imperio Romano y 55 días en Pekín, producidas en un plató natural en las inmediaciones de la dehesa. Aún recuerdo la imagen lejana de los decorados de la ciudad china o de Roma al circular por la carretera de La Coruña.

Algo más arriba del canal, llama la atención unas esculturas curiosas obra de Jesús Gironella, “Cromlech con campanas”, consistentes en unas rocas con imágenes labradas con forma de petroglifos tribales con unas campanas en lo alto cuyo sonido es especialmente hermoso si se las golpea.

Una parte del canal está habilitada con un embarcadero para su uso por naves de remo, aunque, a decir verdad, jamás he visto navegar ninguna, la otra parte es pasto de las aves acuáticas, bajo unos puentes que unen los dos lados de la dehesa.

Hay quien define este parque como el pulmón verde de Las Rozas, como si su término municipal necesitara de uno, porque su situación a mitad de camino entre Madrid y la sierra de Guadarrama, rodeada de campo, permite a sus habitantes paseos campestres, con o sin historia, sin necesidad de usar el coche.

La dehesa de Navalcarbón es uno de esos ejemplos de lugares a los que la historia remodela sin piedad y sin embargo, conservan su esencia.

Más información con fotos y vídeos en:

http://www.elhogarnatural.com/reportajes/Dehesanavalcarbon.htm

El Forestal de Villaviciosa (Núm. 13)

Villaviciosa de Odón es un pequeño pueblo de las cercanías de Madrid, una pequeña villa con mucha historia tras los muros de sus viejas casas del casco antiguo y de su castillo, pero tal vez la joya que remata su belleza es el conocido como “Parque Forestal de Villaviciosa”.

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Los primeros documentos escritos sobre el municipio se datan en el 939, año en el que ven la luz las crónicas del árabe Ibn Hayyan, situando en este lugar una población conocida como Calatalifa, que traducido significaría Castillo del Califa. Crónicas anteriores y posteriores de la Villa de Madrid hablan, sin grandes especificaciones, de núcleos de población que rodeaban las viejas murallas árabes de la ciudadela madrileña, incluso de origen prerrománico, es plausible que el origen de esta villa sea muy anterior al relatado en las crónicas de Hayyan del siglo X, pero, como suele decirse en estos casos, esa es otra historia, una historia rica la que atesora el municipio y que invita a cualquiera a sentir la arquitectura y la vida que fue en siglos pasados paseando por sus viejas pero bien cuidadas calles. Ahora permítaseme dar un salto en el tiempo para enfatizar en el valor paisajístico del municipio.

Durante el reinado de Felipe V, en la primera mitad del siglo XVIII, en 1739, el monarca decreta que los bosques de los alrededores de la villa adquirieran el estatus de Bosque Real. Esencialmente consistía en la reserva de utilización como cazadero y la explotación económica, aunque en numerosas ocasiones, esta explotación era compartida con los lugareños. La riqueza cinegética y la residencia de algunos Infantes en el viejo castillo, apropiado por el V Felipe para la Corona, fueron razones suficientes para tal declaración, pero eso sirvió para que la flora fuera respetada en una zona que pudiera haber sido deforestada para dedicarla al cultivo de hortalizas con las que surtir la cercana capital del reino.

Algo más de un siglo después, bajo el reinado de Isabel II, que a pesar de lo controvertido que fue, produjo una tímida modernización del país, se crea la Escuela de Ingenieros de montes, cuya sede se lleva hasta Villaviciosa de Odón, en concreto se instala en 1847 en el castillo. Un año después, en la llamada “Olmeda del arroyo de la madre”, una vaguada regada por un pequeño curso de agua que da nombre a la olmeda, cuyas características de humedad y umbría facilitan el desarrollo de multitud de especies vegetales, se reservan 20 hectáreas con el fin de configurar un espacio de prácticas para la recién creada Escuela de Ingenieros. Aunque la escuela solo estuvo en el municipio 20 años, las practicas, a veces decimonónicas de los futuros ingenieros, cambiaron la faz de la olmeda y convirtieron estas 20 hectáreas en un espacio verde peculiar, yo incluso lo calificaría como único.

En primer lugar, profesores y estudiantes idearon un sistema de aprovechamiento del agua del arroyo para permitir un perfecto aprovechamiento fluvial sin necesitar apoyo humano, lograron en el espacio del forestal, lo que hoy podríamos denominar, un bosque autosostenible, en especial si se tiene en cuenta que muchas de las especies no autóctonas, tienen necesidades diferenciadas de humedad que obligarían en circunstancias normales a una atención personalizada.

Los expertos conocedores del forestal especifican la presencia de alrededor de 350 especies en este hermoso bosque, algunas cuyo hábitat no suele ser compatible con estas latitudes, entre las ajenas al ecosistema predominante, permítaseme destacar la presencia de dos majestuosos cedros del Himalaya y un ciprés de Monterrey, los tres de más de 25 metros de altura y perímetros de tronco de más de 3 metros, catalogados como árboles singulares por la Comunidad de Madrid y por ello, sometidos a especial protección. Están presentes árboles de gran singularidad que no han obtenido tan interesante distinción y sin embargo merecen ser citados, como dos chopos negros de 20 metros de altura y más de 4 metros de perímetro de tronco, un roble albar de 20 metros de altura, un arce de 25 metros y un roble carballo de 20 metros. Pero llama la atención la presencia de algunas especies inusuales en Madrid, como el avellano, el tilo, los ginkos, plátanos, arces, otros más frecuentes como los robles albares y carballos, olmos, preexistentes a la llegada de los estudiantes y profesores, chopos, fresnos, castaños, pinos láricos, majuelos, alisos, sauces… además de las especies endémicas, como la encina, el alcornoque, los pinos carrascos y piñoneros, cipreses y un largo etcétera. Los olmos han desaparecido casi en su totalidad del lugar a causa de una enfermedad, la grafiosis, los ejemplares que se han salvado no tienen la majestuosidad de los que dieron nombre al lugar.
Conviene destacar que la fauna afincada en estas 20 hectáreas tiene su importancia, ya que fue una de las razones que facilitó su conservación. Siento especial predilección por las aves, creo que son algo muy especial y en el forestal se pueden ver y oír a los azores, algún mochuelo, cárabos, palomas torcaces, petirrojos, mirlos, perdices, ruiseñores y jilgueros, además, es muy frecuente ver ardillas y conejos, no tanto a los zorros y jabalíes, más esquivos, que también disfrutan de este magnífico lugar.

Por su ubicación entorno al Arroyo de la Madre, pasear por sus paseos y veredas es gratificante incluso en verano por la presencia casi constante de zonas de sombra y la frescura del arroyo. Hace algunos años, el ayuntamiento de la localidad acometió el proyecto de preservar este enorme y privilegiado lugar, se mejoraron los paseos y veredas y se le dieron nombres, algunos en recuerdo de personajes ilustres del municipio como el paseo de Miguelín Tejedor, el de Bernardo de la Torre Rojas o el de las hermandades, y otros tan sugerentes como el paseo de los enamorados, el senderillo de los pinos o la trocha del agua.

Hoy el forestal también cumple como lugar de prácticas para la Escuela de Capataces Forestales y de Jardinería de la Comunidad de Madrid ya que la sede de la Escuela está ubicada justo allí, por lo que es bueno saber que la esencia de la creación de tan peculiar parque sigue tan viva como en 1848.

Por su historia, como génesis de la ingeniería de montes, por su peculiaridad ya que es un parque absolutamente inusual, porque el único ruido como tal que pudimos percibir en nuestro paseo era el de alguna aeronave del cercano aeródromo de Cuatro Vientos que, por cierto, tiene sus días contados a pesar de ser para la historia el aeródromo donde se realizaron los primeros vuelos de este país, el forestal guarda ese silencio especial de la Naturaleza donde es fácil grabar el sonido de las aves y oír la vida discurrir con calma. Es una visita obligatoria para los amantes de la Naturaleza y la historia.

Más información con fotos y vídeos en:

http://www.elhogarnatural.com/reportajes/Elforestal.htm

La Granja de San Ildefonso (Núm. 12)

En la estribación norte de la Sierra de Guadarrama, un panorama de cuento de hadas se ofrece al visitante, es el palacio y los jardines de La Granja de San Ildefonso.
Tal vez uno de los últimos vestigios de jardines de inspiración francesa del Siglo XVIII que se pueden visitar en España.

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Los bosques de Valsaín, donde se encuadra este magnífico paraje, fueron en tiempos del Reino de Castilla, un apreciado cazadero real, tal es así que en la villa del mismo nombre, Enrique IV de Trastamara construyó un palacio, hoy en ruinas, que se conformó como el primer Real sitio documentado. La importancia de este edificio palaciego tuvo su mayor brillantez en los esponsales de Felipe II, acaecidos en el Alcázar segoviano y celebrados en el palacio de Valsaín. Tal fue la importancia del real sitio que Felipe II llegó a barajar el lugar para la construcción del Monasterio que finalmente se construiría en el paraje de El Escorial.

Diversos incendios llevaron la ruina al palacio, hasta el punto que la zona perdió interés para la corona. El primero de los Borbones, Felipe V, quedó encantado de las bondades del lugar en 1717 y decidió adquirir los terrenos junto a los que ya poseía la corona como cazadero, con el fin de construir un palacio austero destinado a la caza y el descanso. En 1718 la finca, que fue un regalo de los Reyes Católicos para los monjes jerónimos del monasterio segoviano del Parral y que albergaba otro pequeño edificio monástico dedicado a San Ildefonso y en sus tierras, además de una hospedería, unas huertas y una granja, que finalmente sirvió para dar el nombre a este lugar increíble, fue adquirida por el monarca. Las obras comenzaron en 1721 y tres años después estaban prácticamente terminadas, tal es así que Felipe V, enfermo de depresión, decidió abdicar en su hijo, Luis I, para retirarse a su nueva y muy querida posesión segoviana. Pero la paz que esperaba obtener le fue negada, ese mismo año el joven rey fallecía de viruela a la edad de 17 años, tras 229 días de reinado, el más efímero de la historia monárquica española. La corona volvió entonces al Rey Felipe no sin el disgusto de la nobleza, quien reinó desde la que se consideró en vida de su hijo, corte paralela de La Granja. Durante más de 20 años, esa pequeña villa serrana fue el centro neurálgico de todas las Españas durante prolongados periodos de su reinado.

Tal vez por esa razón, la segunda esposa del monarca, la italiana Isabel de Farnesio, decidió romper con el modelo que el Rey había imaginado para el palacio de La Granja y así, al encargo inicial a los arquitectos Teodoro Ardemans y Juan Román, unió los nombres de los italianos Procaccini, Sachetti y Juvara para dotar a las estancias palaciegas del lujo y boato que el monarca acostumbraba en su Francia natal, pero con el gusto y la elegancia de Italia, cuna de la Reina. Siguiendo la tendencia de Versalles, el entorno del palacio se rodea de jardines al gusto de la época, adquiriendo una relevancia superior a la del propio palacio. El diseño del sistema hidráulico para las fuentes corrió a cargo del ingeniero Merchan mientras que la jardinería lleva la firma de prestigiosos profesionales franceses como Boutelou y René Carlier que dotan a sus paseos y fuentes con ese estilo tan del gusto francés que el monarca echaba de menos.

Aunque el Rey dejó este mundo en Madrid, un día del mes de julio de 1746, con sus facultades mentales totalmente perdidas y su físico totalmente deteriorado, dejó específicamente ordenado que sus restos reposaran para siempre en el Palacio de La Granja de San Ildefonso, el único lugar en el que se sintió cerca de su querido Versalles, en el que creó un mundo de ensueño en el que refugiarse de otro real que le superaba, que le oprimía y al que despreciaba.

Tras su muerte accedió al trono el hijo mayor vivo de Felipe V, que mantenía unas muy tensas relaciones con su madrastra la reina a la que un año después de ceñir la corona desterró al Palacio de La Granja. Isabel de Farnesio, de cuyo pecunio salió el dinero para comprar el vecino coto de Riofrío, donde edificó un palacio más austero que el de La Granja y que hoy se puede visitar, en especial el museo de la caza, único por estos pagos, decidió que su cuerpo reposara junto al de su marido. Hoy pueden visitarse los sepulcros de los monarcas en la Real Colegiata de la Santísima Trinidad en el interior del recinto del Palacio.
Los jardines del Real sitio de La Granja de San Ildefonso son un muy bien conservado ejemplo de los gustos palaciegos del Siglo XVIII en cuanto al diseño forestal para el esparcimiento de la realeza y la nobleza. Ocupan una extensión importante, ni más ni menos que 146 hectáreas, de las que algo menos de la mitad unas 67 son boscosas. El resto, está diseñado formando parterres y bosquetes delimitados en gran medida por paredes vegetales de carpe. Las avenidas adquieren esa linealidad tan del gusto de la época mediante la plantación de hileras de castaños de indias o de tilos a ambos lados del camino, esas eran las dos especies predominantes en la zona no boscosa, en esta última, dominaban los pinos, abetos y robles sobre todo, árboles autóctonos de la zona. Con el tiempo y ya en el siglo XIX, nuevas especies venidas de los confines del reino y de otros países extranjeros, llegaron las secuoyas, los cedros y los arces, de las primeras especies hay unos ejemplares impresionantes a la entrada del palacio, decorando la fachada de la Colegiata, son simplemente fantásticos, solo su contemplación bien merece la visita a esta hermosa localidad segoviana.

Buena parte del recinto está adornada con impresionantes esculturas de mármol blanco y jarrones esculpidos en el mismo material con escenas y motivos mitológicos de gran belleza, pero si en algo ostentan una bien merecida fama estos jardines es en la presencia de fuentes monumentales en avenidas y plazoletas.

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Para su creación se encargan grupos escultóricos a afamados artistas de la época, entre ellos, René Fremín, Jean Thierry, Demaudré, Pitué y Boisseau, quienes dieron forma sobre la base del mármol blanco a grupos escultóricos fabricados en plomo y posteriormente pintados con un peculiar color bronce cuyo efecto es extremadamente atractivo. Destacan por su originalidad las fuentes de Neptuno, Apolo, Andrómeda, el canastillo, la fama, los baños de Diana y en especial la cascada de Anfitride que desciende espectacularmente hacia una de las fachadas del palacio en un diseño bastante repetido en los jardines palaciegos del siglo XVIII en toda Europa. En aquel tiempo, la fuerza necesaria para que el agua alcanzara las espectaculares alturas de sus surtidores, se obtenía de algo tan prosaico como la gravedad. Para conseguir ese perfecto funcionamiento, se construyó un depósito de agua enorme en la zona más alta de la finca, al que se denomina “El Mar”, que es alimentado por los arroyos que descienden de los montes aledaños, un agua que nunca falta en la zona y que constituye un bonito paseo por sus riberas.

No es fácil verlas en funcionamiento, tan sólo el día de San Luis el 25 de agosto, el día de Santiago el 25 de julio y el de San Fernando, el 30 de mayo, todas las fuentes se visten de gala mostrando su belleza a los visitantes, el resto del verano, parte de la primavera y el otoño, lo hacen tan solo los fines de semana en horarios diferentes que pueden consultarse en este enlace del sitio web de Patrimonio Nacional. En invierno no funcionan.
http://www.patrimonionacional.es/Home/Palacios-Reales/Palacio-Real-de-La-Granja-de-San-Ildefonso/Horario.aspx
Pero los jardines del Palacio de La Granja esconden rincones curiosos, como la ermita de San Ildefonso que estaba originariamente en la granja del monasterio y que se conservó afortunadamente tras la conversión de la finca en Real sitio, hoy restaurada, no se llevó a cabo la restauración como era en origen, esta estancia fue utilizada como almacén de grano y aperos debido a su deterioro, durante muchos años. La piscifactoría que Francisco de Asis, consorte de Isabel II mandó construir en el interior de la finca, la partida de la Reina, una huerta que hacía las delicias de Isabel de Farnesio, la Colegiata, recinto donde yacen los reyes, como ya hemos relatado anteriormente, un invernáculo anexo al palacio llamado “la casa de las flores” o “El Potosí” donde se protegían las especies más delicadas del crudo invierno segoviano, el laberinto, obra de jardinería muy apreciada por la nobleza de la época, presente en muchos de los jardines de entonces y en especial, el jardín de la Real Botica, en cuyos 3000 metros cuadrados están presentes muchas de las especies tradicionales en la medicina de la época, basada fundamentalmente en la Fitoterapia.

Muchos de estos rincones requieren permiso de visita por su delicado equilibrio, por lo que reitero la necesidad de consultar con la página de Patrimonio Nacional.

Tanto para amantes de la historia como de la naturaleza o la belleza, una visita a La Granja es ineludible.

Más información con fotos y vídeos en:

http://www.elhogarnatural.com/reportajes/Lagranjadesanildefonso.htm

Dalieda de San Francisco (Núm. 11)

La zona en la que se encuentra este parque peculiar se la conoce como “Las vistillas”, la razón de esa denominación es que está en la zona más alta del Madrid de los Austrias, y las vistas son privilegiadas al sureste de la ciudad. Este parque es una rareza pues, en un lugar muy interesante.

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El lugar, el solar donde está la Dalieda, albergó el convento de San Francisco, anejo a la Basílica que hoy se conoce como de San Francisco el Grande, aun siendo muy anterior a la misma. Dice la leyenda que se construyó el convento franciscano en el lugar donde el Santo de Asis, en su periplo por España con el fin de convertir al sur aun islámico al Cristianismo, hizo parada y fonda, para lo que construyó el “poverello” (Pobrecillo) como se le conocía por aquellos tiempos, una choza y promovió la construcción de una ermita. Lo cierto es que, si bien hay constancia de la presencia de San Francisco en la España cristiana, a la que llegó hacia 1213 según algunos historiadores, no parece que permaneciera hasta el año 1217 como indica la placa que figura en la fachada de la Basílica y otros historiadores, el Santo tenía la intención de participar en el Concilio de Letrán para promover la aprobación de su regla, en 1214 y aunque no hay noticias de que asistiera al mismo, tampoco las hay de que continuara en España. Sea como fuere, la leyenda defiende que el lugar es especial por la presencia y bendición de uno de los personajes históricos del catolicismo que más cerca estuvo de la Naturaleza, el Hermano Francisco de Asis, el Poverello es protagonista de los lugares de culto y aledaños de la zona de las Vistillas.

Construido pues entre el Siglo XIII y XIV, el convento permaneció en pie hasta convertirse en cuartel de infantería y posteriormente en prisión militar. En 1961, con la remodelación urbanística de la zona, fue derribado el convento con el fin de lograr espacio para la prolongación de la calle Bailén, que a partir de ese punto se llamaría Gran Vía de San Francisco.

La unión del convento con la estructura de la Basílica es el recuerdo que queda del convento y llama la atención del visitante de la Dalieda, curiosamente, desde 1961 hasta los primeros años del nuevo siglo, el solar fue objeto de polémica, ya que la titularidad del mismo era de la iglesia, el caso es que entre pleitos e intentos de acuerdos, el solar se convirtió en un estercolero y en un campamento gitano, y aún existe cierto grado de divergencias entre los vecinos, el Ayuntamiento y la Iglesia, pero esto no es objeto de nuestro tiempo.
La idea de que el pequeño parque de 4.400 metros cuadrados estuviera dedicado temáticamente al cultivo de las dalias no era nueva, en los primeros bocetos, la Iglesia tenía la intención de que así fuera, como finalmente por fortuna se decidió ya que rosaledas hay muchas y muy hermosas, pero daliedas no, al menos yo no conozco otra.
El pequeño parque está, pues, situado en un hermoso lugar del viejo Madrid, las “Vistillas”, sobre lo que en tiempos fue la muralla árabe de la ciudadela defensiva que en un principio era Magerit, no muy lejos de otro lugar emblemático, el complejo que agrupa al Palacio Real y la Catedral de la Almudena, que ocupan el solar en el que originariamente se elevaba el Alcazar, construcción defensiva que con el tiempo fue evolucionando en el palacio y residencia de la Corona en la capital del Reino hasta su destrucción en un incendio.

Por aquellos lugares aún pueden verse sectores pequeños de los restos de la muralla en un paseo que enlazaría el Parque del Oeste con la visita al Templo egipcio de Debod, el Palacio Real, La Almudena, el Viaducto de la calle de Bailén, San Francisco el Grande, la dalieda y finalmente la puerta de Toledo, además de dejar a la izquierda los lugares más hermosos del Madrid de los Austrias, como la plaza de la Paja de la que hablamos en la edición anterior, la plaza de la Villa, antigua sede del Ayuntamiento madrileño y con uno de los monumentos emblemáticos poco seguidos por los madrileños, la torre y palacio de los Lujanes, Probablemente el último edificio en pie del Siglo XV. Un paseo no muy largo y lleno de lugares hermosos y que bien puede hacer una parada especial en nuestro protagonista de hoy.

Para la construcción del parque se optó por crear una verja de granito y hierro de forja acorde con la que rodea a la Basílica contigua, en realidad no es un cerramiento completo como el que está presente en el Jardín botánico o en el Retiro, tan solo cierra el frente del parque. El lado derecho como hemos definido anteriormente, son los muros de San Francisco el Grande, con los restos de lo que fue el Convento de San francisco, cosa de agradecer pues permite imaginar la historia monacal del complejo, el lado izquierdo está abierto a una calle y el fondo lo constituye un mirador sobre el parque de la cornisa, rematado por una balaustrada de forja sobre sillares de granito. En ese fondo se ha instalado una escultura que representa a San Isidro ayudado en sus tareas por un Ángel, esta escultura, realizada por Santiago Costa en 1952 para la fuente de Villanueva, estuvo en su emplazamiento original en la glorieta de San Vicente hasta que fue trasladada a donde ahora puede admirarse, en el paseo de coches del Parque del Oeste, pero en su nuevo hogar, la fuente perdió los grupos escultóricos que terminaron en un almacén municipal. Uno de ellos, algo más de 10 años después de su exilio, ha llegado a la dalieda para poner un punto de arte junto al mirador, un lugar que merece una visita durante todo el año, aunque las dalias estén ausentes.

Los parterres de las dalias ocupan el lugar donde estaba el claustro del convento y están resueltos con algunos escalonados desde la verja para alcanzar la altura del mirador, en ellos pudimos disfrutar de unas hermosas variedades, hasta 40 diferentes, si es que se mantiene el objetivo original de plantación. Para los visitantes, conviene recordar que el tiempo de floración de la dalia es desde los primeros calores de mayo hasta finales del otoño, después se pierde la planta, manteniendo sus raíces que brotarán la siguiente primavera, por lo que los parterres pierden los brillantes colores de la flor y también el verde de sus tallos y hojas a finales de otoño hasta mediada la primavera, por lo que el parque adquiere un color terroso que no indica la belleza que albergará tiempo después.

Hasta ahora hemos hablado del parque, pero no de la flor que lo adorna, la dalia. Las primeras noticias que se tienen de tan hermosa flor, datan de 1517, cuando los expedicionarios españoles descubrieron la península de Yucatán. Al parecer quedaron prendados de la hermosura de una flor que los indígenas llamaban Acocoxochit, una traducción lo más fiable posible sería “flor tubo de agua”, probablemente porque su tallo es hueco. Francisco Hernández, médico personal de Felipe II, enviado especialmente para conocer las bondades de Nueva España y dar traslado del conocimiento adquirido a la Corona, describe la enorme belleza de dos especies de flores que los nativos conocían con el nombre de pipa de agua y bastón de agua, esto ocurría en 1570.

La popularización de tan hermosa planta, no obstante, no llegó hasta el siglo XVIII, cuando el director del Botánico de Nueva España, D. Vicente Cervantes, envió al Botánico de Madrid, en concreto a uno de sus destacados miembros, Abbé Cabanilles, semillas de la planta. Éste plantó las semillas obteniendo impresionantes resultados y procedió a seleccionar las mejores floraciones, realizó un pormenorizado estudio y descripción de la misma y le dio el nombre de Dahlia en honor al botánico sueco Andreas Dahl. Posteriormente distribuyó semillas de la planta entre los jardines botánicos europeos con los que el Real Jardín Botánico de Madrid tenía acuerdos de colaboración. Desde ese momento, la popularidad de la dalia creció exponencialmente en todo el mundo donde jardineros de gran prestigio las plantaron en los jardines más hermosos, logrando mediante selección e hibridación muchas de las variedades que hoy podemos disfrutar.
Para terminar, no puedo olvidarme de su origen. La dalia es originaria de México y es también considerada la flor nacional mexicana por decreto presidencial y por tanto un símbolo botánico de tan querida tierra, tal es así que desde el año 2007, todos los 4 de agosto se celebra el día nacional de la dahlia, con celebraciones y homenajes a todos cuantos en una u otra manera han tenido algo que ver con la popularidad de tan hermosa flor. Celebramos pues la existencia de esta dalieda madrileña y de la flor, regalo de las tierras de México al mundo, invitando a una visita, especialmente en el ocaso donde se mezclan los mejores colores de las flores y los cielos madrileños.

Más información con fotos y vídeos en:

http://www.elhogarnatural.com/reportajes/Dalieda.htm.htm

Jardín del Príncipe de Anglona (Núm. 10)

Dicen que el mejor perfume se guarda en frasco pequeño, en este caso, sin ser un pequeño jardín de gran exuberancia, es el representante de lo que fueron los pequeños jardines al servicio de los palacios nobiliarios de entre el siglo XV y la mitad del siglo XX.

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La plaza de la Paja, lugar donde está situado el Jardín del Príncipe de Anglona fue el centro del Madrid medieval, su nombre viene dado por la costumbre que obligaba a la ciudadanía a entregar paja para alimentar las caballerías de la Iglesia, concretamente del obispado, por ello y por estar allí situada la capilla del obispo, era el lugar donde el pueblo llano llevaba la paja que exigía, no ya la costumbre, la Ley. No sé por qué pero me suena familiar esa forma de proceder de quien se siente poderoso.

Al ser el lugar público donde se concentraba la mayor actividad de la villa, las familias nobles ubicaban en su entorno las casas palaciegas, además, no estaba muy lejos del Alcázar donde, hasta la construcción de los aposentos reales de los Jerónimos, se producían las reuniones y eventos de la Corte. Madrid era una ciudad pequeña, no demasiado limpia y nada diferente a muchos de los pueblos de Castilla, tal vez un poco mayor, pero nada más.

Así pues, la Plaza estaba rodeada de palacios, algunos del siglo XIV al XVI desaparecieron en el Siglo XIX, sus nobles propietarios preferían otras zonas más prestigiosas que el viejo y destartalado barrio de La Latina. Así, varias de las casas palaciegas que rodeaban la plaza fueron cediendo a la piqueta para convertirse en pisos de alquiler, más productivos que un caserón casi sin uso. Por fortuna tres inmuebles sobrevivieron: la capilla del Obispo, el palacio de los Vargas y el palacio del Príncipe de Anglona y su jardín. Su cuidada remodelación con el tiempo, les ha dado una vitalidad y un innegable prestigio dentro de la imagen de la ciudad y hoy no se entendería el Madrid de los Austrias sin ellos.

El palacio de Príncipe de Anglona se construyó originariamente en el siglo XVI para Francisco de Vargas según unas fuentes, otras datan la construcción en el siglo XVII, concretamente en el último cuarto del siglo y en sus bajos albergaba túneles secretos que llegaban hasta el Palacio Real, en cualquier caso, lo que sí es seguro es que el jardín data de la segunda mitad del siglo XVIII, según las fuentes a las que hemos tenido acceso el diseño del jardín se debe al francés Nicolás Chalmandrier, que no era ni arquitecto ni paisajista, al menos no hemos podido atribuirle tales virtudes, era grabador y dibujante de planos de grandes ciudades, entre ellas Paris y Madrid, tal vez en su estancia madrileña dibujara el trazado de este jardín para el propietario. Si parece que la fecha en la que se diseña y construye el jardín coincide con la estancia de Chalmandrier en Madrid, 1761 para la confección del mapa de la ciudad. El jardín, anejo al palacio tenía un serio problema, un desnivel importante entre la tapia de la plaza de la Paja hasta la actual calle de Segovia, antiguamente el cauce del arroyo de San Pedro. Por ello se alzaron las tapias de esa zona utilizando alguna construcción anterior, me atrevo a afirmar esto por la presencia de un arco de ladrillo como parte de la misma en la intersección con la calle de Segovia, para después rellenar todo el contenido entre muros para alcanzar el nivel de la puerta de la plaza de la Paja y el nivel del palacio. Por estas razones en algún momento se le conoció como jardín colgante, por esa diferencia de nivel desde la plaza a la calle al otro lado.

La historia del jardín como la del palacio, pasó por diferentes vicisitudes. De su origen neoclásico pasó a recibir cierto aire árabe, tradicional de los jardines andaluces para, después de una remodelación importante a principios del siglo XX, quedar en el abandono durante los dos primeros tercios de ese siglo. En los años setenta pasó a manos del Ayuntamiento de Madrid pero hubo de esperar a principios del siglo XXI para ser reestructurado y abierto al público, concretamente en 2002.

Con una extensión de apenas 500 metros cuadrados, el jardín está configurado entorno a una zona cuadrada central atravesada por paseos en cruz que están pavimentados de una curiosa forma, con ladrillo dispuesto en espina de pescado o sardinel, como se prefiera, con una fuente central, algo deteriorada pero hermosa y parterres con plantas autóctonas, una rosaleda con plantas apoyadas en un arco de metal, celosías y un cenador metálico que nada tiene que ver con el mobiliario de la época. En las tapias que separan el jardín de la calle Segovia crecen trepadoras que cubren parte del muro exterior. En su interior crecen árboles que producen una hermosa umbría muy agradable en tiempo cálido y se pueden disfrutar de algún granado, la omnipresente higuera, no hay jardín meridional que no tenga una, boj para delimitar los parterres, rosales e incluso una planta que era muy tradicional en los jardines españoles y que cada vez veo menos, la hortensia.

El encanto de este jardín es múltiple, en su restauración se han plantado especies habituales en los siglos XVII al XX, respetando el encanto de su diseño original y su situación en la zona más antigua de Madrid son las virtudes más destacables. Quien ame la Naturaleza y viva o visite la capital de España no puede dejar pasar un rato disfrutando de este hermoso paraje urbano.

Más información con fotos y vídeos en:

http://www.elhogarnatural.com/reportajes/Jardinprincipedeanglona.htm