El Bosque Encantado

El Bosque encantado


San Martín de Valdeiglesias es más conocido por su cercaníaal pantano de San Juan que por toda la Historia que atesora, que es mucha, y a la riqueza natural que ofrece en grandes cantidades.
Bien es sabido que esas virtudes son las que nos motivan a escribir y centrados en el lugar, descubrimos la existencia de un paraje peculiar, en una zona que en si misma disfruta de grandes cualidades naturales, como el nacimiento de un arroyo, la presencia de una pequeña cascada y la situación en una loma que permite disfrutar de unas vistas privilegiadas. En ella, un personaje de esos que se dan pocos y que a menudo la historia obvia, ha creado un jardín botánico con la exquisitez que el paisaje obliga, pero con el enorme acierto de situar en ella más de trescientas figuras de topiaria, el Bosque encantado.

Cuando el arte se funde con la Naturaleza adquiere una dimensión especial, cuasi mística que transmite con una energía desconocida el deseo de agradar del artista y de la planta. Como su autor, Juan Antonio define con enorme acierto, es como si la planta conectara con el deseo del escultor y tomara conciencia de ser lo que él desea, Blancanieves, un toro, un pianista con su piano o un cabriolet de caballos.

Cuando el visitante cruza el umbral de este peculiar parque,descubre que el resultado de la complicidad entre el artista y las fuerzas de la naturaleza es la esencia del lugar, me recuerda a la música de Dan Gibson que construía una fusión del sonido artificial de los instrumentos humanos con la belleza de la naturaleza primigenia del bosque o del Mar. Tras sorprender con Don Quijote y Sancho a lomos de su borriquillo y mostrar de forma espectacular una pincelada de la fiesta taurina, el espectador camina hacia parajes insospechados no sin antes rendir homenaje a la figura que dulcemente representa a la madre del autor, portando un delicado cesto de flores.


Si en los lugares en los que la Naturaleza se modela paratransmutarse en arte al gusto humano, las sensaciones son especiales, en otros, en los que la Naturaleza se expresa tal cual es, con una mínima intervención humana, la magia es exuberante. Me han emocionado unos rincones con la figura de Buda que invitan a la meditación, a saborear la paz y a compartir las energías telúricas que se hacen presentes. El nacimiento del arroyo, la pequeña cascada, el mirador desde el que se divisa la panorámica del valle de las iglesias que sirve de denominación al viejo San Martín, con el castillo y, aunque no se divisan, se presiente la cercanía de los toros de Guisando, de probable origen betón y que fueron mudos testigos de la concordia entre Enrique IV Rey de Castilla y su hermanastra Isabel, que despues fuera la Reina católica, para nombrarla Princesa de Asturias y sucesora al trono en septiembre de 1468. Cabe destacar la montaña de los bonsais, deliciosa, poblada de hermosos árboles en miniatura de distintas especies y un lugar dedicado a los cactus, hermosamente diseñada.

Dispone de lugares en los que reposar, comer o simplemente sentir las energías que emanan de todos los seres vivos verdes que rodean al caminante para ofrecerle su sombra y su frescor.

Fuimos a conocer un auténtico museo de topiaria, que lo es, pero sinceramente y ademas del valor enorme de esta faceta del Bosque encantado, los rincones de Naturaleza que atesora adornados con especial sensibilidad y cuya presencia no conocíamos, han llenado nuestros sentidos tanto como las esculturas.

Un viaje a este lugar y combinarlo con la visita a la faceta histórica del valle, me parece la mejor de las maneras de disfrutar de un día lleno de mágia.



Web El Bosque Encantado: http://bosqueencantado.net/

El Castañar de El Tiemblo


Hacía tiempo que ansiaba conocer el Castañar de El Tiemblo y a su famoso Abuelo, un anciano castaño que, si pudiera celebrar su cumpleaños, ya apagaría más de 525 velas.
Y ciertamente prefería visitarlo en otoño o primavera. Se dieron las circunstacias favorables para hacer una visita a este espectacular paraje y realizar una preba más de la Lumix FZ 1000.
Situado a pocos kilómetros de la localidad, en el llamado valle de las Hiruelas, el castañar nos regaló un espectáculo visual estremecedor. Pocas veces he sentido pasear por bosques primigenios y esta ha sido una de ellas. Una luz limpia, extremadamente sutil filtrandose ente las hojas que, por mor de esa temperatura inusual que estamos viviendo en otoño, compartía colores verdes primaverales con los amarillos y dorados del otoño, sinceramente, único.
Un paseo de 4 kilómetros con todo tipo de paisajes dentro de un bosque muy especial y cuidado, que regala más a los sentidos que el esfuerzo que reclama.

En cuanto al video, está grabado con la Panasonic Lumix FZ 1000 en 4K, pero a 24 FPS, posibilidad que recientemente se ha habilitado en una actualización de firmware (versión 2.0) y que permite un look cinematográfico especialmente apetecible.
Pronto trataremos de hacer alguna prueba más con los vídeos que tenemos pero con algún LUT e imitando el formato estenopéico, cuando lo hagamos, veréis el resultado.

La Silla en 4K

Este es uno de los paseos más frecuentes que disfrutamos en primavera y otoño, y que mejor entorno para ir terminando las pruebas de la Lumix FZ 1000 y los vídeos en 4k que un robledal lleno no obstante de tilos, castaños  y otras muchas especies no demasiado comunes por estos pagos, y acercandonos a arboles singulares que, aunque estan en fincas ahora privadas, permiten ser observados para disfrute de los paseantes.

Que lo disfruteis.

Paseo por La Barranca


Ciertamente no hace falta buscar mucho en los alrrededores de Madrid para encontrar paseos especialmente agradables en los que disfrutar de las pruebas que estamos haciendo de la cámara Lumix FZ 1000 y sus videos en 4K.

No muy lejos de la serrana localidad de Navacerrada, La barranca forma un valle que parece transplantado de zonas alpinas… es de gran belleza, la Naturaleza plena.
El video se ha grabado en Ultra Alta Definición, esperamos que sea de vuestro agrado

La Peña del Arcipreste

El día 30 de septiembre de 1930, la Gaceta de Madrid, a la sazón Boletín Oficial de la época, publica la Real Orden por la que se declara, a petición de la Real Academia de La Lengua, Monumento Nacional a la Peña del Arcipreste de Hita.

Promovida bajo el auspicio de la Real Academia de la Lengua, cuyo director era a la sazón Don Ramón Menéndez Pidal con el fin de conmemorar el sexto centenario de la escritura del Libro del buen amor, en 1930, una roca granítica y los árboles que la rodeaban, se convirtieron en Monumento Nacional dedicado a Don Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.
Don Ramón y sus colaboradores, entre los que se encontraba su hija, presumían, tras ardua investigación, que el paso cercano al puerto del León en su vertiente madrileña era el lugar descrito por el bueno de Don Juan Ruiz en su encuentro con la bella serrana Aldara junto a la pequeña fuente que brota, con más pena que gloria, algo más abajo de las rocas labradas con la inscripción conmemorativa. Tal vez la cercanía de la aldea de Tablada, mencionada en los versos y el paso hacia Segovia que allí culmina de los muchos que en el medievo se utilizaban, además de las calzadas romanas existentes en los alrededores, la fuente cercana y lo habitual de los viajes del Arcipreste por la zona, dieron como plausible que Don Juan Ruiz ubicara allí el pasaje de Aldara.

En la época, es decir, en 1930 fue el tercer monumento natural protegido, tras la montaña de Covadonga y los montes de Ordesa, lo que da pie a pensar la fuerte influencia que Don Ramón ejerció para valorar el monumento.
Como he dicho, no es una escultura finamente esculpida o un lugar modificado para hacerlo monumental por su hechura, es simplemente una roca granítica sobre la que hay labrados unos fragmentos del Libro del buen amor. En una minúscula oquedad junto a ella, se encuentra un hermoso cofre de madera, protegido así de las inclemencias de la meteorología dura del lugar, en el nunca falta algún ejemplar del Libro del buen amor así como otras lecturas que los caminantes depositan en su interior para animar a un rato de lectura y descanso en un paraje hermoso y lleno de naturaleza.

Visitar la Peña del Arcipreste es un paseo apto para todos los físicos. Se puede iniciar desde el Alto del León, descendiendo unos cientos de metros por la carretera hasta un camino a la izquierda en cuyo inicio se ha erigido una especie “menhir” con la indicación de que por ese camino se accede a la Peña. Mas cómodo es seguir la línea divisoria entre las provincias de Madrid y Segovia siguiendo las balizas verdes que hay instaladas y que permiten un acercamiento poco problemático al monumento, disfrutando de unas vistas fantásticas y, para los amantes de la historia reciente, de los restos de las fortificaciones defensivas de la Guerra Civil conocidas como “La Salamanca” que se encuentran en el cerro del mismo nombre por el que transitará el visitante.

El Chozo Kindelan (Núm. 14)

Aunque parezca mentira, muchas de las zonas hoy emblemáticas de la sierra de Guadarrama, eran tierras inhóspitas a principios del siglo XX y entre ellas, la hoy conocida y concurrida Pedriza de Manzanares el Real.

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A finales del siglo XIX, pocos eran los que se aventuraban en ciertas partes de la sierra madrileña que no fueran los ganaderos lugareños, y aun estos, no solían hacerlo si no se les perdía una cabeza de ganado por esos andurriales, y eso aun a pesar de que algunos rincones son especialmente hermosos y ricos en flora y fauna.

Durante esos años oscuros, varios fueron los personajes que pasearon por las laderas y los picos de la sierra de Guadarrama, entre ellos el profesor Francisco Giner de Los Ríos, inspirador de nuevas formas de enseñanza y del amor por la Naturaleza, en especial de los parajes de esta hermosa sierra que tanto frecuentaba.

Acercarse desde Madrid a la Pedriza hoy es un corto y agradable paseo en coche, pero a principios del pasado siglo, era una aventura que duraba una jornada, de la capital a Colmenar Viejo o a Collado Villalba, de Colmenar o Villalba a Manzanares el Real y de ahí, adentrarse a pie en la espesura granítica de la Pedriza en la segunda jornada de viaje. Volver a hacer noche en el pueblo o buscar el abrigo de tiendas de campaña de escasa entidad, no era la mejor manera de esperar el nuevo día.
Así, un pequeño grupo familiar de montañeros compuesto por tres hermanos y un primo, José Manuel, Juan y Ultano Kindelan con su primo Pablo Martínez del Rio, que llevaban desde 1909 descubriendo las bellezas de un paraje tan especial, encontraron una oquedad bajo una gran roca, el sitio ideal, pensaron, para construir de forma sencilla, sin alterar demasiado el entorno, un pequeño chozo, el primer refugio serrano de la Pedriza, probablemente estamos hablando de 1910 o 1911.
Las buenas ideas lo son cuando se llevan a cabo y funcionan. En los pocos años que el chozo de los hermanos Kindelan fue el único refugio habilitado en la Sierra, fue utilizado profusamente por los incipientes montañeros que ponían todo su empeño en descubrir la belleza de nuevas rutas y veredas o abrían vías de escalada al yelmo o al Risco del Pájaro, de hecho, este cuarteto fue muy activo en estos logros, muchos de ellos documentados.

El refugio que ellos bautizaron como chozo y que hoy merecidamente lleva su apellido como homenaje, con sus apenas 10 metros cuadrados, albergaba y aun lo hace, una pequeña chimenea en su interior además de una escasa estancia donde poder dejarse vencer por el sueño, es una única pieza cuyo techo y pared del fondo es la inmensa roca bajo la que se erige, sin duda un gran avance para los pioneros de la Pedriza.

Tal fue la repercusión de este refugio que pocos años después, en 1914, se puso en marcha el proyecto de un refugio más grande y confortable, para ello, Guijarro, un vecino de Manzanares el Real, cedió a la sociedad alpina Peñalara, una pequeña parcela algo más arriba de la ubicación de nuestro chozo protagonista. Fue el propio Rey, Alfonso XIII quien inició la suscripción popular para su construcción, haciendo una donación pecuniaria. El 15 de mayo de 1916, se inauguraba oficialmente el nuevo refugio bajo el nombre de Giner de los Ríos, nombre que aún conserva en honor del profesor que creó entre otras cosas, la Institución Libre de Enseñanza, aunque no siempre tuvo ese nombre, como siempre, por razones políticas.

A partir de esa fecha, el chozo Kindelan quedó en desuso, el refugio nuevo tenía todas las comodidades que los montañeros necesitaban y sin embargo, nunca perdió su encanto. Sentado a la puerta de su pequeña fachada de piedra, la vista del yelmo y de la Pedriza es simplemente única, espectacular. Con unos buenos prismáticos, es fácil ver alimentarse en los riscos más altos, familias enteras de cabra montés y deleitarse con el vuelo de varias especies de rapaces hoy día, imagino como sería a principios del siglo pasado cuando la Pedriza no era lugar frecuentado y la fauna autóctona campaba por sus dominios con escasas limitaciones.

Pero como no puede ser de otra manera, el chozo sufrió a causa de la estupidez humana en los albores de los setenta, cuando la Pedriza se convirtió, afortunadamente, en zona protegida. Algún ingeniero, haciendo gala de un desconocimiento de lo que supone la historia, reciente pero no menos importante, de la afición a la montaña, ordenó la demolición del chozo y así se hizo. Cuando tamaña estupidez llegó a oídos de los clubs de montaña y los conocedores de la hermosa historia del lugar, se pusieron los medios para enmendar esa especie de sacrilegio montañero y el chozo se reconstruyó tal cual estaba, probablemente con las mismas piedras que los Kindelan utilizaron para su construcción. Sin embargo circula una bonita leyenda, como las que se cuentan entorno a una hoguera de campamento, según ésta, el autor del desaguisado no pudo dormir, hostigado por los espíritus de los constructores del chozo, hasta que la reconstrucción del mismo se completó. Hoy, de vez en cuando recibe visitantes esporádicos que tan solo se acercan para deleitarse de la belleza del lugar y así, rendir un pequeño homenaje a los pioneros que dieron a conocer tan hermosos parajes. Aunque el lugar está expuesto a la vandalización, parece que va resistiendo, tal vez porque su ubicación no es fácil de localizar, escondido entre piedras, pinos y jaras, o puede que siga protegido por los espíritus de aquellos que disfrutaron de sus noches estrelladas y de los increíbles paisajes que desde allí se divisan.

Llegar hasta el chozo no es fácil, el parque natural de la Pedriza tiene limitado el aforo, en fines de semana, o se llega muy pronto o las colas esperando a que salgan visitantes para dar acceso a otros son largas, entre semana el problema no existe. Accediendo a una de las zonas de aparcamiento, se toma el camino del refugio Giner de los Ríos, tras pasar por un pequeño embalsamiento que también lleva el nombre de los hermanos Kindelan, a la izquierda está el chozo, muy oculto por la maleza y las grandes rocas, encontrarlo es un reto que merece la pena.

Más información con fotos y vídeos en:

http://www.elhogarnatural.com/reportajes/chozokindelan.htm

Los sillares perdidos del Monte de El Pardo (Núm. 13)

Paseando por el monte del Pardo, pudimos observar a lo lejos la presencia de unas rocas con formas especialmente geométricas. Al acercarnos a ellas, descubrimos unos sillares de granito hermosamente labrados con formas que parecían extraídas de una fachada decimonónica.

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La sorpresa fue grande, no sólo por las características del hallazgo, también por encontrarse en un bosque protegido. Buscando inscripciones, tirando de los pocos datos que rescatamos del olvido, un nombre de profunda tradición madrileña apareció ante nuestros ojos, “El Buen Suceso”.

Rebuscando entre los documentos históricos que arrojaran luz al origen de los sillares, pudimos saber que la Iglesia y Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso nace en una institución creada por los Reyes Católicos en 1483, El Hospital Real de la Corte, consistente en un equipo itinerante de físicos, así llamados entonces los médicos, y religiosos que atendían la salud de los cortesanos en los innumerables viajes que los monarcas realizaban por sus posesiones en la recién creada España. Fue su nieto Carlos I quien la asentó en la corte madrileña y decretó en 1529 que se ubicara extramuros, es decir al otro lado de la puerta que se conocía, ya por aquel entonces, como Puerta del Sol, tal vez por el miedo que se tenía a las incontrolables epidemias y enfermedades infecciosas, de difícil tratamiento entonces.

En 1561, el Buen Suceso era de facto el primer hospital no religioso de la corte, pero en esta primera construcción, la calidad de los materiales y el diseño de la obra no fueron precisamente los adecuados, por lo que la necesidad de reformas y mantenimientos se hizo constante y onerosa para las arcas reales.

Su deficiente construcción pues, aconsejó a la Corona demoler el templo y hospital para abordar la edificación de uno nuevo, acorde con la grandeza del imperio que, por entonces, tenía su epicentro en una pequeña ciudad con escasos recursos, Madrid. El Buen Suceso sufre así su primera destrucción.

El sucesor del Emperador, Felipe II, ordenó su demolición en 1590 para abordar la construcción del nuevo y mejor hospital y templo. Ya entonces, la Puerta del Sol era el lugar de encuentro que aún hoy presume ser para madrileños y visitantes, la ciudad había crecido y el nuevo edificio no sería extramuros, sin embargo, se incautaron solares y edificios aledaños para darle mayor espacio y monumentalidad.
El nuevo diseño salió de la mano del prestigioso gabinete de Juan de Herrera, pero su muerte impidió al laureado arquitecto de la corte ver concluidas las obras, además, el traslado de la corte a Valladolid de 1601 a 1606 y la falta de recursos de la corona, enterrados en guerras de religión, mantuvieron bajo actividad mínima e incluso paralizadas las obras en muchos momentos. La vuelta de la corte a Madrid impulsó la reconstrucción del Buen Suceso que, no obstante no se dio por concluida, aunque el hospital fuera operativo, hasta el año 1700. Desde entonces y hasta el siglo XIX, fue lugar de culto y hospital de referencia de la ciudad, un espacio muy querido por la ciudadanía.

Su fachada lucía uno de los escasos relojes de la ciudad, por lo que puedo decir sin miedo a equivocarme que, probablemente, su fachada recibiera miles de miradas más que cualquier otra del viejo Madrid.

Pero la guerra se cruzó con mala saña ante los madrileños, el día 2 de mayo de 1808, el incidente a las puertas del palacio, cuando los ciudadanos que por allí pasaban se dieron cuenta del secuestro de los infantes, por parte de las tropas de Joaquín Murat, cuñado de Napoleón, la mecha de la guerra prendió con toda la violencia posible. Las clases populares se enfrentaron con el casi nulo apoyo de la nobleza y la burguesía, a las tropas de élite del advenedizo Murat, provocando uno de los episodios más terribles de la llamada Guerra de la Independencia que en este punto y ante la incredulidad del Emperador, se extendía como un reguero de pólvora, definitivamente, los planes de convertir a España en un estado satélite de Francia se iban a torcer dramáticamente y ese sería el primer punto de inflexión. La puerta del sol fue el escenario de un cruento enfrentamiento entre ciudadanos y coraceros franceses. La Casa de Correos y El Buen Suceso, especialmente este último, sufrieron las consecuencias. La fachada y el interior quedaron prácticamente destruidos por los combates que allí tuvieron lugar cuando los ciudadanos, creyéndose a salvo en el interior del templo aceptando la figura de “acogerse a sagrado” descubrieron que las tropas francesas no entendían de reglas, la lucha se trasladó al interior y la destrucción del Buen Suceso fue importante. No se inició la reconstrucción hasta 1832.

Transcurrieron 22 años desde esa reconstrucción cuando, en 1854, se acomete la remodelación y ampliación de la Puerta del Sol. El Edificio del Buen suceso, situado entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, sufre su segunda demolición. En el lugar donde estaba, hoy hay parte de la plaza y el edificio que una vez fue del Hotel de París y actualmente perteneciente a la multinacional norteamericana Apple, la causante de que uno de los emblemas de la plaza, el luminoso del Tío Pepe, haya de ser cambiado de sitio. Es curioso que siempre ha sido la piqueta la que ha acabado con el Buen Suceso, unas veces por la mejora del propio edificio, la primera, otras por la mejora de la ciudad, la segunda y finalmente por la mejora de los bolsillos de más de uno, la tercera y última, pero otra de las obras en la emblemática plaza de Madrid otorgó, más de cien años después, protagonismo al extinto edificio de la Puerta del Sol.

La construcción de un intercambiador de transportes en el subsuelo de la plaza que permite unir las líneas de metro y ferrocarril de cercanías en pleno centro de Madrid. Durante el proceso de construcción aparecieron los cimientos del edificio del Buen Suceso. Con sumo cuidado fueron trasladados 12 metros más abajo para poder salvarlos como recuerdo de tan emblemático edificio. Aún pueden contemplarse esos cimientos en los pasillos de la estación de tren en cuya construcción pudieron ver la luz. Sus escombros y los de muchas de las casas derribadas para la remodelación de la plaza, yacen bajo el talud del Campo del Moro. El Buen Suceso desaparece por segunda vez.

Pero la historia quiso que el hospital tuviera una tercera vida. En 1868 Iglesia y hospital fueron construidos de nuevo en la calle Princesa 43, en el entonces barrio de Pozas. La presencia y la historia del Buen Suceso incluso le dio nombre a una calle aledaña a la nueva ubicación. Pero otra vez la guerra llevó la destrucción al Buen Suceso. La zona fue barrida por la artillería situada en el Cerro de Garabitas de la Casa de Campo y tanto iglesia como hospital fueron víctimas de los obuses. Toda la zona fue virtualmente línea del frente de Madrid, desde el Puente de los Franceses, la Ciudad Universitaria, el Hospital Clínico y el Parque del Oeste.

En 1940 se reconstruye, como ocurrió con su antecesora tras la Guerra de la Independencia y en 1942 pasa a depender del Ejercito del Aire siendo el primer centro sanitario de la aviación española.

A pesar de la fuerte oposición vecinal, en 1975 la piqueta acaba por tercera vez con el templo y el hospital, como en la vez anterior, más acosada por la especulación inmobiliaria que por el abandono que padecía al construir, el entonces Ministerio del Aire, el hospital de Arturo Soria. El solar de Princesa 43 era ya entonces un bocado exquisito para constructores y depredadores financieros. La calle Princesa era y es una de las más cotizadas de la ciudad. La nueva Iglesia ya no conserva la grandeza de sus predecesoras, tan solo el nombre, una construcción ultramoderna recubierta de acero, no muy grande y el edificio que está a su lado no alberga hospital alguno, son viviendas muy caras y locales comerciales que ya pertenecen a un conocido gran almacén madrileño.

El espíritu del Hospital Real de la Corte que instituyeron los Reyes Católicos o la Iglesia del Buen Suceso obra de Felipe II, yacen sobre lo que fuera una escombrera en el monte del Pardo, sillares primorosamente labrados, que una vez fueron orgullo de los madrileños y depositarios de casi medio milenio de historia, languidecen en el olvido, como tantas otras cosas que se oponen al mundo del dinero.

Más información con fotos y vídeos en:

http://www.elhogarnatural.com/reportajes/Monte%20el%20Pardo.htm

El Grajal (Núm. 13)

Hace 105 años, el Rey Alfonso XIII inauguró una pequeña presa entre Hoyo de Manzanares y Colmenar Viejo, en un lugar que la Naturaleza preserva con mimo, El Grajal.

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La presa del Grajal está en una zona agreste, cerrando un difícil paso del rio Manzanares no muy lejos de su nacimiento, es una garganta de difícil acceso que divide en dos el lugar, como si un cuchillo afilado hubiera cortado la roca de granito. No ha sido el acero en certero golpe quien ha roto la piedra, ha sido el agua, escasa pero contundente del río Manzanares en su camino a Madrid la que ha dificultado por los siglos, el paso de los caminantes y jinetes que entre Colmenar Viejo y Hoyo de Manzanares transitaban, tal vez este último pueblo reciba tan pintoresco nombre del paso del rio por su cercanía y en especial de ese lugar, aunque pertenezca al municipio de Colmenar.
Recuerdo que cuando apenas tenía diez años, algunas veces, en las excursiones familiares por la sierra madrileña transitábamos en el viejo Seat 600 por la estrecha, serpenteante y peligrosa carretera que salva el profundo, que no caudaloso, lecho del Manzanares en ese punto. En la ladera más cercana a Hoyo de Manzanares se podían ver los restos ya oxidados de algunos coches, aplastados, muy deteriorados, bastantes metros por debajo de la carretera. Esto ha ocurrido hasta no hace muchos años en los que se acometió, por fortuna, la limpieza del lugar de vestigios tan indeseables, coincidiendo con la concesión de zona de especial protección medioambiental cuando se la declaró Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares. La visión de esos restos ejercía de aviso aterrador de la peligrosidad de la carretera y sin embargo, como pude saber después, eran restos de rodajes cinematográficos en los que el guion exigía un accidente dramático y de gran plasticidad. Eran tiempos en los que el amor por la Naturaleza no era suficiente para justificar el costo de la limpieza de un lugar tan complejo, un costo caro en aquellos tiempos, eso y la desidia tradicional que prima siempre el beneficio.

La carretera cruza el río gracias a un puente, llamado puente nuevo del Grajal, construido en 1895 ya que el viejo puente quedaba escaso para el cada vez más abundante uso que se le daba. Ese puente aun hoy soporta el paso, ya no de caballerías y carromatos, sino de coches y camiones, pero su presencia oculta, probablemente por fortuna, la presencia del viejo paso andalusí, el viejo puente del Grajal, ese que algunos, erróneamente consideraron romano pero que, por su construcción, sus medidas y significado, fue seguramente construido por la España musulmana ya que en un momento de la historia de estas tierras, justo esa zona fue frontera fortificada como por entonces se fortificaban las fronteras, protegiendo los pasos frecuentes, colocando ciudadelas amuralladas, castillos y atalayas de vigilancia. El viejo puente, restaurado en el Siglo XVIII, de ahí su excelente estado, formaba parte de un camino defensivo que facilitaba los movimientos de tropas entre Talamanca del Jarama, donde está la primera construcción de estas características aunque muy reformada, y el valle del Tietar. Por el camino quedan los restos escasos de los puentes de Alcanzorla, entre Torrelodones y Galapagar, o el del Pasadero, en las cercanías de Valdemorillo, de los que apenas queda el arco de medio punto. Este camino, sus puentes, atalayas y ciudadelas defensivas formaban parte de la Marca Media, la frontera entre el Califato de Córdoba y los Reinos Cristianos del norte entre los siglos IX y XI.

Unos pocos metros más arriba del puente viejo, otra construcción, la presa, es también un reflejo fiel de la historia de la zona. La presa del Grajal fue una iniciativa del entonces Marqués de Santillana, D. Joaquín de Arteaga y Echagüe. Construida en 1908 por la empresa del Marqués, Hidráulica Santillana, con un doble objetivo, por un lado suministrar agua a Madrid, y los entonces pueblos de Tetuán de las victorias, Chamartín de las rosas, El Pardo y Fuencarral, además de Colmenar Viejo, pero también para obtener la energía eléctrica escasa por aquel entonces, mediante la fuerza del agua, la primera de Madrid. La presencia en la inauguración del entonces Rey, Alfonso XIII estaba de sobra justificada al ser el primer salto hidroeléctrico que suministraba energía eléctrica a Madrid además de la gran amistad personal que le unía al noble y empresario con el que compartía aficiones y veladas de caza.

Construida en sillería de piedra de granito, el material más frecuente y por ende más barato de la zona, tiene una altura de 10,5 metros y era capaz de embalsar 80.000 metros cúbicos de agua. La presa del Grajal dejo de ser útil con la construcción del embalse de Santillana, junto al castillo del mismo nombre en Manzanares el Real unos kilómetros al norte, Convirtiéndose en otra historia olvidada en compañía del viejo y hermoso puente árabe.

Sin embargo, no son los únicos puntos de interés en la zona. El recorrido del Manzanares por la zona agrupa un buen número de antiquísimos molinos de grano y batanes para la compactación de tejidos. Ambas industrias necesitaban de un curso de agua para aprovechar la energía hidráulica para su funcionamiento. Algo más arriba de la central eléctrica del Navallar, aun en uso, hay un hermoso ejemplo de molinos hidráulicos en un agradable pero agreste paseo, y muy cerca del puente, rio abajo, están los restos de otro molino y un batan, estos en buen estado, dentro, claro está, de la desidia que existe para acometer la recuperación de algunos de estos lugares.
La zona, por lo escarpada, es peligrosa, tal vez por eso reúna aun, estos hermosos vestigios del pasado en desuso, pero que harían feliz a cualquier enamorado de la historia, lo triste es que muchos de los paseantes de la zona ni conocen ni quieren conocer los orígenes de las construcciones sobre las que transitan, perdiéndose así una riqueza que, en conjunción con la Naturaleza, hacen del caminar un momento incomparable.

Más información con fotos y vídeos en:

http://www.elhogarnatural.com/reportajes/PresaGrajal.htm

Tejo Milenario del Barondillo (Núm. 12)

Cualquier conocedor de la botánica, sabe que el tejo es un árbol de lento crecimiento y, en circunstancias favorables, extremadamente longevo. Hay quien afirma que se han llegado a catalogar ejemplares cercanos a los 4000 años. Nuestros protagonistas, estos viejos madrileños, si damos por cierta la anterior afirmación, están en su madurez más exuberante con sus casi 2000 años de amaneceres.

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Los tejos eran, según las viejas e incompletas crónicas del medievo, uno de los arboles abundantes de la flora hispánica. Quiero recordar que cierto cronista romano afirmaba que una ardilla podía cruzar Hispania sin tocar el suelo, desde las costas mediterráneas hasta Finisterre. En tal proliferación boscosa, el tejo disponía de los mejores elementos para su desarrollo, protegido por pinos y encinas de gran talla, ya que necesita protección de las heladas primaverales y la humedad que la menor incidencia del sol bajo las copas selváticas, genera con frecuencia el ecosistema preferido de estos maravillosos árboles milenarios.

No es un árbol alto, no es un árbol grande, tal vez por eso, pasa ciertamente desapercibido a los ojos poco formados. Ahora ya no proliferan en la piel de toro, porque los ecosistemas han variado, la voracidad de madera para calentar hogares y construir techos donde morar, han convertido a buena parte de la península en llanuras deforestadas, antaño dedicadas al cultivo de cereales, imprescindibles para la alimentación de personas y animales.

El tejo fue y sigue siendo un árbol especial, no solo por sus características, también por los significados que éstos han supuesto en la mitología de las culturas en las que ha tenido protagonismo. Una de las razones por las que el tejo se ha asociado a los dominios del inframundo es la presencia en sus órganos de una sustancia alcaloide, la taxina, que produce un efecto de parálisis letal en el sistema circulatorio y respiratorio. Los griegos, a pesar de valorar su madera, lo consideraban ponzoñoso, cifraban su origen en los infiernos y lo consagraron a la diosa Hecate, reina de las brujas y de los muertos, entre otras lindezas.

La longevidad del tejo es ampliamente conocida, tal es así que existen pruebas fósiles de la presencia del tejo en el periodo Jurásico, por lo que es normal también que se le asocie al concepto de vida eterna y abundando en ello, es costumbre plantar estos árboles en las inmediaciones de templos y grandes monumentos en una asociación conceptual que sin embargo no tengo claro que se produzca cuando también es costumbre plantarlos junto a cementerios, tal vez aquí aparezca una relación oscura con la diosa de los muertos, pero eso lo dejo para quien busque argumentos más profundos.

La madera del tejo común o tejo negro, Taxus Baccata en nomenclatura científica, por su lento crecimiento y larga vida, tiene unas características especialmente alabadas. Es dura y compacta hasta el punto que se dice que un poste de tejo es más duradero que uno de hierro, es flexible e imputrescible. Por esas virtudes, desdeñando la dificultad que ofrece para su tratamiento, ha sido extremadamente valorada en la construcción de muebles y en la arquería medieval. La madera de tejo fue de las más utilizadas para la confección de arcos y en especial para la fabricación de ballestas, un arma de cobardes como la denominaban los caballeros porque permitía saetear a distancia sin ser visto. Que dirían esos mismos caballeros de los misiles o los drones con los que modernos ejércitos se dotan para hacer la guerra. Esta sería tal vez otra de las razones por la que el tejo se ha convertido en un ser vivo en vías de extinción.

Hoy, al menos en España, el tejo es una especie botánica protegida, por lo que quien intente hacerse un aparador o un arco de tejo tomando la madera del campo, se expone a un serio problema y no es fácil adquirir su madera mediante el comercio reglado, porque es muy escasa y cara. A pesar de las dificultades que tiene para su expansión, el tejo ocupa una extensa zona donde suele crecer: Toda Europa excepto el norte, ya sabemos que el frío primaveral no es de su agrado, el norte de África, Irán y buena parte del sudeste asiático y aun así está en riesgo de extinción.

Como puede verse, no es fácil disfrutar de la hermosa presencia del tejo. En el Campo del Moro, jardín del Palacio Real de Madrid, hay unos ejemplares magníficos a pesar de su no muy longeva existencia, por ello, la visita al tejo del Barondillo de Rascafría es una experiencia poco común, ya no es fácil pasear junto a ejemplares de más de 1000 años todos ellos y en especial al del Barondillo, cuyo nacimiento se produjo entre 1500 y 2000 años atrás.

El lugar donde hunde sus viejas raíces cumple con creces los requisitos que los tejos necesitan para obtener larga vida, pero lo alejado históricamente de las hachas humanas ha contribuido enormemente a su longevidad. El Valle del Lozoya, en tiempos de la pequeña edad de hielo que tuvo lugar entre 1770 y 1850, sumía a Rascafría y otros pueblos de la zona a un prolongado aislamiento invernal, llegando a los 5 meses de altos muros de nieve. Los tejos milenarios de los que hablamos, alejados de los caminos principales, no eran visitas cómodas como no lo son ahora en invierno. En tiempos más remotos aun, a principios del segundo milenio, este valle era aún más agreste y montaraz, poblado por gentes de bien, amenazada por maleantes peligrosos y ya en tiempos del final de la reconquista, bandas de moriscos arrepentidos de su conversión y por tanto, marginados de la Ley y con la única forma de ganarse el pan como salteadores de caminos. Esto y su lejanía de los principales y escasas rutas de comunicación, hacían de este valle un lugar agreste y poco frecuentado. Alfonso X otorgó a los municipios del valle privilegio de Quiñones con horca y garrote para administrar justicia, así y por un azar, los perseguidos por la justicia que no les era permitido atravesar el puente del perdón, que está frente a la Cartuja de El Paular, y por tanto eran conducidos al patíbulo, rendían cuentas en la llamada casa de la horca, un lugar cercano a los tejos milenarios que por su fin dramático, nunca invitó a viajeros y visitantes, otra razón más para no hacer camino.

Por todas esas razones y alguna más que a buen seguro se me escapa, el tejo del Barondillo muestra orgulloso las volutas por las que el tiempo ha conducido a sus raíces en la búsqueda de alimento. Situado junto al arroyo del que toma la humedad y el nombre, crece lentamente en la ladera norte de la loma del Pandasco, bien entrado en la serranía. El tiempo no obstante ha hecho mella en su tronco, hueco ya desde hace siglos, de tres metros de diámetro y más de nueve de perímetro, sin embargo, para sus años, tan sólo ha alcanzado 8 metros de altura, que para un tejo es estatura considerable. Hoy está doblemente protegido, por una verja que impide sea dañado y por la protección de la Comunidad de Madrid que lo declaró árbol singular catalogado en 1985, al igual que otro tejo también muy antiguo que está muy cerca.
El camino hasta la contemplación de los tejos milenarios parte de un lugar donde es posible aparcar e incluso tomar un pequeño refrigerio, por la presencia de algunos establecimientos hosteleros, es el lugar conocido como “La Isla”. Desde allí parte un camino que discurre junto al arroyo Barondillo o Valhondillo como también se le conoce. El recorrido es de algo más de 6 kilómetros por trayecto y en el primer tercio se puede disfrutar de un viejo puente que se conoce por el puente de la Angostura, romano para unos, de origen árabe para otros, originario de los tiempos de Felipe II para el resto, la verdad es que no he podido encontrar un documento fiable para constatar su origen, simplemente me quedo con la belleza del rincón que corona. Siempre en subida, pero no especialmente pendiente, esta ruta es especialmente agradable para todo tipo de caminantes, incluso niños. Es tal vez uno de los viajes perfectos para un viajero enamorado de la Naturaleza, y no solo por el hecho de rendir pleitesía a uno de los seres más ancianos de todo el sur de Europa y disfrutar de su enorme belleza, el entorno es de los más hermosos que puedan visitarse. Ya no es este valle montaraz y salvaje, está poblado por personas gentiles y acogedoras que protegen con celo lugares y tradiciones llenas de historia y que se vuelcan con los visitantes, merece la pena, créanme.

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http://www.elhogarnatural.com/reportajes/Tejosrascafria.htm